Esta Carta fue escrita por Simone Weil posterior a junio de 1936. Integra la edición de La condición obrera, traducida por Aníbal Díaz Gallinal.
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Camarada, eres uno de los cuatro millones que se afiliaron a nuestra organización sindical. Junio de 1936 es un hito en tu vida. ¿Te acuerdas de antes de esa época? Fue hace ya mucho tiempo. Duele recordar. Pero no debes olvidar. ¿Te acuerdas? Solo teníamos un derecho: el derecho a callar. A veces, mientras estabas en el trabajo, en tu máquina, el asco, el cansancio, la rebeldía henchían tu corazón; a un metro de ti, un compañero sufría el mismo dolor, sentía el mismo rencor, la misma amargura, pero no te atrevías a intercambiar las palabras que podrían haberlo aliviado, porque tenías miedo.
¿Recuerdas ahora lo asustados que estábamos, lo avergonzados que estábamos, lo mucho que sufríamos? Había quienes no se animaban a admitir cuánto ganaban, tanta vergüenza les daba ganar tan poco. Los que eran demasiado débiles o demasiado viejos para seguir el ritmo del trabajo tampoco se atrevían a admitirlo. ¿Recuerdas lo obsesionados que estábamos con el ritmo de trabajo? Nunca se llegaba a hacer lo suficiente; siempre había que esforzarse para hacer unas piezas más, para ganar unos centavos más. Cuando, esforzándote, conseguías ir más rápido, el cronometrador aumentaba las metas. Así que te esforzabas más, intentabas superar a tus compañeros, sentías celos de los demás, trabajabas hasta la extenuación.
¿Recuerdas las salidas nocturnas? Los días en que habíamos tenido un “mal trabajo”. Salíamos con la mirada apagada, vacía, agotada y con las últimas fuerzas que nos quedaban entrábamos en el metro, mirando ansiosamente a ver si quedaba algún asiento libre. Si lo había, dormitabas en el banco. Si no, luchabas por mantenerte en pie. Ya no tenías fuerzas para andar, para hablar, para leer, para jugar con tus hijos, para vivir. Solo servías para irte a la cama. No habías ganado mucho esforzándote en un “mal trabajo”. Habíamos ganado muy poco trabajando hasta la extenuación en un “mal trabajo”; nos decíamos que, si seguíamos así, la quincena no daría para mucho más, que tendríamos que privarnos de nuevo, contando los centavos, negándonos todo lo que pudiera aligerar un poco las cosas, hacernos olvidar.
¿Te acuerdas de los jefes, de cómo los que tenían un carácter brutal podían permitirse todo tipo de insolencias? ¿Recuerdas cómo casi nunca nos atrevíamos a replicar, cómo llegamos a pensar que era casi natural ser tratados como ganado? Los ricos nunca comprenderán cuánto dolor tiene que devorar en silencio un corazón humano antes de llegar a ese punto. Cuando te atrevías a levantar la voz porque un trabajo era demasiado duro, o mal pagado, o con demasiadas horas extras, ¿recuerdas con qué brutalidad te decían: “Es esto o la puerta”? Y, muy a menudo, te callabas, lo aceptabas, cedías, porque sabías que era verdad, que era eso o la puerta. Sabías que no había nada que impidiera que te echaran a la calle como a una herramienta gastada. Y por mucho que te sometieras, muchas veces, te echaban igual. Nadie decía nada. Era normal. Lo único que te quedaba por hacer era pasar hambre en silencio, corriendo de una fábrica a otra, esperando parado y con frío, bajo la lluvia, afuera de las oficinas de empleo. ¿Te acuerdas de todo eso? ¿Recuerdas todas las pequeñas humillaciones que impregnaban tu vida, que te hacían sentir frío en el corazón, como la humedad impregna el cuerpo cuando no tienes calor?
Aunque las cosas han cambiado un poco, no olvidemos el pasado. En todos estos recuerdos, en toda esta amargura, es donde debes sacar tu fuerza, tu ideal, tu razón de vivir. Los ricos y poderosos a menudo encuentran en su orgullo su razón de vivir; los oprimidos deben encontrarla en su vergüenza. Su parte sigue siendo la mejor, porque su causa es la de la justicia. Al defenderse, defienden la dignidad humana pisoteada. No lo olvides nunca, recuerda todos los días que tienes tu libreta de sindicalista en el bolsillo porque en la fábrica no te trataron como se debe tratar a un hombre y ya estás harto.
Sobre todo, recuerda, durante estos años de sufrimiento tan duros, lo que más te hacía sufrir. Quizá no te hayas dado cuenta, pero si lo piensas un momento, sentirás que es verdad. Sufriste sobre todo porque cuando te infligieron una humillación o una injusticia, estabas solo, desarmado, no había nada que te defendiera. Cuando un jefe te maltrataba o te gritaba injustamente, cuando te daban un trabajo que superaba tus fuerzas, cuando te obligaban a trabajar a un ritmo imposible de seguir, cuando te pagaban una miseria, cuando te echaban a la calle, cuando se negaban a contratarte porque no tenías los certificados necesarios o porque tenías más de 40 años, cuando te quitaban el subsidio por desempleo, no podías hacer nada, ni siquiera podías quejarte. A nadie le interesó, todos pensaron que era completamente natural. Tus compañeros no se atrevieron a apoyarte, tenían miedo de verse comprometidos si protestaban. Cuando te echaban de una empresa, a veces tu mejor amigo se avergonzaba de que lo vieran contigo en la puerta de la fábrica. Los camaradas estaban en silencio, apenas sentían lástima por ti, estaban demasiado absortos en sus propias preocupaciones, en sus propios sufrimientos.
¡Qué solos nos sentíamos! ¿Te acuerdas? Tan solos que sentíamos frío en el corazón. Solo, desarmado, indefenso, abandonado. A merced de los patrones, los jefes, la gente rica y poderosa que podría salirse con la suya en todo. Sin derechos, mientras ellos tenían todos los derechos. La opinión pública era indiferente. Se consideraba natural que un jefe fuera el dueño absoluto de su fábrica. Dueño de las máquinas de acero que no sufren; dueño también de las máquinas de carne, que sufrían, pero que tenían que callar su sufrimiento para no sufrir más todavía. Eras una de esas máquinas de carne. Observabas cada día que, en la sociedad capitalista, solo quienes tenían dinero en el bolsillo podían aparentar ser hombres y exigir respeto. Si hubieras reclamado que te trataran con respeto, nos hubiéramos reído. Incluso entre camaradas, a menudo nos tratábamos unos a otros con la misma dureza y brutalidad con que nos trataban nuestros superiores. Ciudadano de una gran ciudad, obrero de una gran fábrica, estabas tan solo, tan impotente y sin apoyo como un hombre en el desierto, abandonado a las fuerzas de la naturaleza. La sociedad era tan indiferente a los hombres sin dinero como lo son el viento, la arena y el sol. Eras más una cosa que un hombre en la vida social. Y a veces, cuando la cosa se ponía demasiado difícil, incluso olvidabas que eras un hombre.
Y eso es lo que cambió desde de junio. No hemos eliminado la pobreza ni la injusticia. Pero ya no estás solo. No siempre puedes hacer valer tus derechos; pero hay una gran organización que los reconoce, que los proclama, que puede alzar su voz y hacerse escuchar. Desde junio, no hay un solo francés que ignore que los trabajadores no están satisfechos, que se sienten oprimidos, que no aceptan su destino. Algunos dicen que estás equivocado, otros dicen que tienes razón. Pero todos están preocupados por tu destino, piensan en ti, temen o desean tu rebelión. Una injusticia cometida contra ti puede, en determinadas circunstancias, perturbar la vida social. Has adquirido importancia. Pero no olvidemos de donde viene esta importancia. Incluso si el sindicato ha ganado en tu fábrica, incluso si ahora puedes salirte con la tuya en muchas cosas, no imagines que “eso ocurrió”. Reclama la dignidad propia de todo hombre, pero no te llenes de orgullo por tus nuevos derechos. Tu fuerza no está en ti mismo. Si la gran organización sindical que los protege decayera, empezarían a sufrir las mismas humillaciones que antes, se verían obligados a la misma sumisión, al mismo silencio, volverían a encontrarse siempre cediendo, aguantando, sin animarse a alzar la voz. Si empiezas a ser tratado como un hombre, se lo debes al sindicato. En el futuro solo merecerás ser tratado como un hombre si sabes ser un buen sindicalista.
¿Qué significa ser un buen sindicalista? Es mucho más quizá de lo que te imaginas. Tener el carnet, los sellos no es nada. Ejecutar fielmente las decisiones del sindicato, luchar cuando hay lucha, sufrir cuando es necesario todavía no es suficiente. No creas que el sindicato es simplemente una asociación de intereses. Los sindicatos patronales son asociaciones de intereses; los sindicatos obreros son otra cosa. El sindicalismo es un ideal en el que hay que pensar todos los días, en el que hay que tener siempre los ojos puestos. Ser sindicalista es una forma de vivir, significa conformarse en todo lo que se hace al ideal sindicalista. El obrero sindicalista debe comportarse durante todos los minutos que pasa en la fábrica de manera diferente al obrero no sindicalizado. Cuando no tenías derechos, podías no reconocerte ningún deber. Ahora eres alguien, tienes una fuerza, has recibido beneficios; y a cambio has adquirido responsabilidades. Nada en tu vida de miseria te ha preparado para afrontar estas responsabilidades. Ahora debes trabajar para ser capaz de asumirlas; sin esto, los beneficios recién adquiridos se desvanecerán un día como un sueño. Solo se conservan los derechos si uno es capaz de ejercerlos adecuadamente.
